INTRODUCCIÓN
Quienes practican el noble
arte (y el arduo trabajo) de la agricultura, saben que las plantas necesitan
del concurso de varios elementos: tierra, agua, abonos, aire, sol y el
esfuerzo del hombre.
También los seres
humanos, para poder crecer y desarrollarnos, necesitamos de un ambiente,
de una historia, de una familia, de la convivencia humana. Y, sin duda,
de nuestro esfuerzo personal para aprovechar todas las potencialidades
que hemos recibido. Además, como creyentes, sabemos que nuestra
vida está en manos de Dios y que, a través de su Gracia;
El nos llama a realizar nuestra misión en el mundo y nos concede
la fuerza interior que precisamos para concretarla.
Ceferino Namuncurá,
como integrante de los pueblos originarios de la región, no puede
entenderse sin su tierra (la Patagonia), sin su etnia (el pueblo mapuche:
“gente de la tierra”), sin su familia (los Namuncurá) y sin el aporte
de la cultura blanca y el Evangelio de Jesús, que dieron su sello
definitivo a su rica personalidad.
TIERRA SOÑADA
Casi siempre las grandes
obras comienzan con grandes sueños. Este fue el caso también
de la evangelización de la Patagonia, conocida a través de
sueños misteriosos por San Juan Bosco, sacerdote turinés
del siglo XIX.
Con lujo de detalles (al
punto que pudo hacer reconstruyendo sus sueños una charla al respecto
en la Sociedad Geográfica Internacional), se le presentaron las
características geológicas de la región, como así
también aspectos precisos sobre la situación y la índole
de los pueblos autóctonos.
Y en 1848 había exclamado,
rodeado de muchos niños y jóvenes del Oratorio de Valdocco,
su obra inicial: “Oh, si pudiera disponer de muchos sacerdotes y clérigos,
yo los enviaría a evangelizar la Patagonia y la Tierra del Fuego:
porque esos pueblos fueron hasta hoy los más abandonados.”
Y, en efecto, una vez fundada
la Congregación Salesiana, trata de concretar sus sueños
y el 14 de diciembre de 1875 desembarca la primera expedición misionera
en Buenos Aires.
Quedarán un tiempo
en la ciudad capital y en San Nicolás siempre urgidos por Don Bosco
para apresurar el ingreso en la Patagonia.
Finalmente, una vez acordado
el permiso con el obispo de Buenos Aires, Monseñor Aneiros, pueden
entrar en la tierra de los sueños. La circunstancia es por demás
desgraciada y ha pesado durante muchos años en la evangelización
del indígena: venían con una de las columnas del ejército
de Roca.
De todos modos, después
su tarea se diferenció netamente de la de los militares y, en algunos
casos se contrapuso a ella, cuando los misioneros denunciaron los atropellos
del ejército y defendieron valientemente la causa del indígena.
EL PUEBLO MAPUCHE
Los pobladores originarios
de la Patagonia (al menos a este lado de la cordillera) fueron los tehuelches,
indígenas mansos que los españoles conocieron desde sus primeras
excursiones y que poblaban el extenso territorio de la costa y la meseta
patagónicos.
Pero según un lento
proceso de penetración que comienza ya en el Siglo XVII, los mapuches
(de allende la cordillera) fueron haciendo valer su presencia y dejando
su impronta cultural.
Comienzan, poco a poco,
imponiendo su lengua y, luego, van ocupando de manera más estable
la tierra, en la medida en que varias tribus migran hacia el este y se
van radicando en la Patagonia argentina.
Los mapuches estaban organizados
en clanes o pequeñas agrupaciones (que raramente superan las cuatrocientas
personas) y eran gobernados por un lonco o cacique.
Se trata de un pueblo hondamente
religioso que adora incondicionalmente a Nguenechén (y que todo
lo remite a la divinidad), Dios supremo a cuyo gobierno se encuentran subordinados
los nguenechenú (potestades de las aguas celestiales) y los huenein
(fuerzas o energías distribuidas en la naturaleza como elementos
protectores del hombre).
Entre los espíritus
maléficos se destaca sobre todo el Huecuvú, llamado también
Hualichu, causante de diversos males que acechan siempre al hombre.
La ceremonia religiosa más
importante es el Nguillatún, en la que la comunidad mapuche expresa
fuertemente su identidad y su unidad y encomienda familias, ganados y prosperidad
a la benevolencia y al poder de Nguenechén.
Ceferino Namuncurá
vivió plenamente en esta organización tribal, su padre tuvo
el rol de cacique y, como veremos, sucedió a Calfucurá en
la coordinación de las huestes guerreras que debían hacer
frente a la invasión del blanco, y participó de las creencias
de su pueblo durante su infancia, mientras estuvo en Chimpay.
LA ESTIRPE CALFUCURÁ
NAMUNCURÁ
Sus orígenes se remontan
al gran cacique Calfucurá (Piedra Azul), que se instaló en
la región de Salinas Grandes (en el límite de las provincias
de Buenos Aires y La Pampa), después de haber desalojado a los vorogas
chilenos que la ocupaban anteriormente.
Calfucurá era un
hombre de gran capacidad de liderazgo y de recia personalidad y trató
alternativamente y según sus conveniencias, de tener buenos contactos
y relaciones con el Gobierno de Buenos Aires (por ejemplo, hizo alianza
con Rosas) y de hacer valer su supremacía en el interior, a través
de malones y arreos de ganado.
En realidad, defendía
su tierra con todos los medios a su alcance.
Logró unir a las
distintas agrupaciones indígenas en una gran Confederación,
que llegó a disponer de más de tres mil lanzas.
Pero a su muerte (acaecida
el 3 de junio de 1873), y sobre todo después de la derrota de San
Carlos, ya se había iniciado la decadencia.
Don Manuel Namuncurá
(“garrón de piedra”) es el encargado de sucederlo. Es un hombre
inteligente y perspicaz, que trata de seguir piloteando la situación
y defendiendo los derechos e intereses de su gente.
Durante más de cinco
años, Namuncurá logrará con mucho esfuerzo mantener
el dominio de un vasto territorio, a pesar de que ya no cuenta con el poderío
militar de su padre.
ROCA Y LA CONQUISTA
El General Roca, como otros
gobernantes de la época, no entiende el problema indígena.
Ven al aborigen bajo el prisma del “bárbaro, salvaje, incivilizado”.
Creen que es imposible cualquier
trato o acuerdo con el indígena y carecen de una auténtica
política de integración.
Por el contrario, consideran
a los pueblos autóctonos de la Patagonia como una amenaza constante
para la paz y un impedimento para anexar e integrar muchas leguas de territorio
situadas al sur de Azul y en toda la Patagonia.
Roca planea entonces y ejecuta
una gran invasión, encabezada por cinco columnas que penetrarán
por corredores vitales del territorio dominado por los mapuches.
Namuncurá, ante la
imposibilidad de poder acordar pacíficamente algún “arreglo”
con el Gobierno de Buenos Aires que privilegia la “solución militar”,
decide resistir como puede.
Sin embargo, la disparidad
de fuerzas y de pertrechos militares, es evidente. La supremacía
del ejército de Roca se va imponiendo rápidamente y todas
las columnas avanzan rápido, casi sin encontrar obstáculos.
En seis meses, prácticamente,
desaparece el poder de Namuncurá y van cayendo miles de mapuches,
muertos o prisioneros (se calculan alrededor de catorce mil). Otros se
van rindiendo con sus respectivos caciques.
De todos modos, Namuncurá
no cede. Huye y trata de reorganizar como puede la resistencia. Se refugia
en la cordillera, aunque con medios precarios y muy poca gente.
En mayo de 1882, ante una
incursión del Mayor Daza, apenas logra escapar con un reducido grupo
de acompañantes, pero su familia cae en manos de los militares.
LA RENDICIÓN
Llegado a este punto, Namuncurá
se da cuenta que ya es imposible seguir resistiendo. Sería un inútil
derramamiento de sangre. Advierte que ha llegado la hora de la convivencia
pacífica con el blanco o la lucha por otros medios. Su visión
de la realidad le dice que comienza una nueva etapa y que ya no tiene sentido
dar coces contra el aguijón.
Envía entonces una
embajada al Gral. Villegas a presentar su rendición. Como éste
en un primer momento no los quiere recibir, los indígenas recurren
al P. Milanesio para que interceda y oficie de mediador, asegurando condiciones
mínimas para una rendición honrosa (ante todo, preservar
la vida de los embajadores).
El 5 de mayo de 1884 Namuncurá
llega a General Roca, donde se procede a su rendición oficial y
recibe el grado de Coronel de la nación.
Desde allí será
enviado con su gente a Chimpay, en las cercanías del Fortín
del mismo nombre.
CHIMPAY: LA CUNA
Chimpay es una región
situada en el Valle Medio de Río Negro, en la cual abundaron los
asentamientos indígenas, aún mucho antes de la “Conquista
del desierto”. Tierra de paso, en la que abundaba la caza y la pesca, fue
siempre considerada vital en el corredor que comunicaba las altas cordilleras
con la llanura pampeana.
En lengua mapuche significa
, según algunos, “vado” o “paso”, según otros, “meandro”
o recodo y, finalmente, otros lo relacionan con la raíz que indica
“lugar donde se aloja”.
Sea como sea, esta es la
tierra donde arraigaron por varios años Namuncurá y su gente,
hasta que tuvieron que emprender camino hacia la precordillera neuquina.
Ceferino nace el 26 de agosto
de 1886. Su madre es Rosario Burgos, según algunos, una cautiva
chilena. En realidad, las fotografías que se conservan de la madre
de Ceferino, la muestran con rasgos claramente mapuches. Sabemos que hablaba
corrientemente la lengua y que, cuando es abandonada como esposa, busca
refugio siempre al amparo de agrupaciones mapuches y nunca intenta integrarse
a la convivencia con los huincas.
Ceferino crece en un ambiente
típicamente mapu-che. En la Navidad de 1888 es bautizado por el
Padre Domingo Milanesio y su acta de Bautismo se encuentra en la Parroquia
de Patagones, a cuya jurisdicción pertenecía todo Río
Negro.
En realidad, los misioneros
pasan raramente por Chimpay, de modo que podemos presumir que Ceferino
se nutre de la religión mapuche, durante sus primeros años.
Sabemos que se manifiesta como un hijo cariñoso y fiel, capaz de
ayudar a sus padres desde muy pequeño (acarrea leña desde
el amanecer para ahorrar ese trabajo a su madre).
A los tres años cae
accidentalmente en el río y es arrastrado violentamente por la corriente;
progresivamente es devuelto a tierra cuando sus padres desesperaban de
volverlo a ver. Este hecho fue considerado siempre por los suyos como milagroso
y así transmitido por ellos.
LA DECISIÓN
La tribu vive momentos difíciles
en Chimpay. Por una parte, Namuncurá administra y distribuye rigurosamente
su sueldo de Coronel entre su gente. Alcanzan malamente a comer y no hay
datos de que murieran de hambre o pestes como otras agrupaciones, pero
no escapan a la miseria. Los indígenas carecen de la agricultura,
no tienen ya ganados, el territorio asignado es extremadamente pequeño
(apenas tres leguas), de modo que no hay mayores posibilidades de desarrollo.
Namuncurá solicita
diez leguas de hábitat al Senado de la Nación. El Senado
concederá finalmente ocho leguas, con una cláusula tramposa,
por la cual se define que se podrán otorgar también tierras
situadas
en otro lugar conveniente (será la excusa para trasladar a la tribu).
Entre tanto, Ceferino, se
da cuenta de la situación de “postración” y decadencia que
vive su gente. Advierte que -de continuar las cosas así- se acerca
el momento de la disolución y desaparición de su pueblo.
Y entonces habla con su
padre. Con una intuición sorprendente para un chico de once años,
le dice a Namuncurá: “Padre, las cosas no pueden seguir así.
Quiero estudiar para ser útil a mi gente”.
Aunque no ha tenido demasiado
contacto con el blanco (tal vez en la Pulpería de los Matteuzi u
ocasionalmente con algunos soldados del Fuerte), Ceferino se da cuenta
que hay que iniciar una nueva etapa, abrirse al diálogo con la cultura
blanca, integrar nuevos elementos a su identidad mapuche.
Y parte con su padre y una
pequeña comitiva. Sale de su tierra, como Abraham, con un gran dolor
en el corazón. Pero también con la esperanza de nuevos horizontes.
Va con él su padre, Don Manuel y algún primo que también
mandan a estudiar. Van de a caballo hasta Choele Choel. Desde allí,
seguirán con la Galera de Mora, hasta Río Colorado. Y allí
tomarán el tren, rumbo a Buenos Aires.
Con muchos interrogantes
y con una ilusión prendida en el corazón.
CEFERINO EN BUENOS AIRES
Don Manuel Namuncurá,
después de asesorarse, decide colocar a Ceferino en una Escuela-Taller
de la Marina en El Tigre, donde ingresa como aprendiz de carpintería.
Sin embargo, cuando vuelve
después de unos días a visitarlo, Ceferino le expresa que
no se siente bien en ese ambiente y que, por favor, lo retire.
Namuncurá accede
a los deseos de su hijo y decide aconsejarse con el Dr. Luis Sáenz
Peña. Este le habla de la acción educativa de los salesianos
y el Cacique se dirige, entonces, al Colegio Pío IX de Almagro.
Allí Ceferino es aceptado e ingresa el 20 de septiembre de 1897.
Cuando Don Manuel lo visita
algunos días después, Ceferino le demuestra que se siente
plenamente feliz y que desea quedarse a estudiar en esa escuela.
Y desde el primer momento,
en efecto, Ceferino se pone todas las pilas para aprovechar al máximo
lo que en ese ambiente se le ofrece.
Ante todo, estudia intensamente
y con tenacidad el castellano. Trata de irse poniendo al día en
las materias propias de su curso. Participa también de otros aspectos
de la vida del colegio. Integra el coro con, entre otros, quien sería
conocido y reconocido años más tarde como Carlos Gardel,
gran intérprete de la música ciudadana. Es miembro activo
de la Compañía del Angel Custodio (luego pasará a
otras agrupaciones juveniles). Y también en el patio, nunca deja
de tomar parte en el juego, junto a sus compañeros.
Es decir, trata de adaptarse
a todas las exigencias de su nueva vida. Aunque inmediatamente se gana
el respeto y el aprecio de la gran mayoría de sus compañeros,
deberá afrontar también el desdén y la burla por su
condición de indígena.
Pero él no se deja
amedrentar ni cede al resentimiento. Aprende a convivir con todos y se
hace cargo de las dificultades por las que tiene y tendrá que atravesar.
En una ocasión le
ocurrió un incidente que demuestra, de algún modo, más
allá de lo que podría ser una pelea de niños, el temperamento
de Ceferino y cómo debía seguir trabajando sobre sus impulsos.
Testimonia un excompañero: José Allieno: “Un día nos
hallábamos jungando al juego de la bandera con Ceferino. Se suscitó
un incidente entre Ceferino y yo: él me había tocado y yo
debía pararme al punto, pero la partida era muy reñida y
quise trampear para ganar: insistí en que no me había tocado.
Ceferino protesta. Yo me acaloro y lo llamo tramposo. El me trató
de mal hablado y nos fuimos a las manos. En ese momento interviene un Padre
y nos separó.”
SIGUE SIENDO MAPUCHE
Por otra parte, Ceferino,
aún ejerciendo toda su capacidad de adaptación a la nueva
realidad, nunca olvida su ser mapuche.
Ante todo, sigue escribiendo
y manteniendo contacto con su padre, su madre y otros miembros de su tribu.
No se avergüenza de
su condición indígena manejando arco y flecha, como quien
sabe lo que hace, cuando el P. Beauvoir trae esas armas desde Tierra del
Fuego.
Manifiesta sus condiciones
de jinete cuando monta el petiso del lechero para dar unas vueltas por
las calles de Buenos Aires, recordando los buenos tiempos de Chimpay.
Además, cuando tiene
la oportunidad de hablar en su lengua con algún misionero, nunca
desaprovecha la ocasión.
Especialmente durante las
vacaciones que pasaba en Uribelarrea, aprovechaba para hacer largas cabalgatas
y ocuparse de todo lo que tenía que ver con la tierra y el campo.
Cuenta uno de sus compañeros:
“Como yo era el encargado de llevar todas las mañanas la leche del
Colegio San Miguel a las Hermanas de María Auxiliadora me pidió
el P. Gherra que, ya que iba solo en la jardinera, que llevara al niño
Ceferino como compañero, pues le serviría de distracción
y paseo.
Yo, encantado de tener un
compañero de viaje; en pocas horas nos hicimos amigos. En el trayecto
quería siempre él manejar el caballo. Yo siempre lo complacía.
El me narraba muchas cosas de la Patagonia. Para mí eran todas novedades
pero, como no me interesaban, prestaba poca atención. Tanto, que
una vez lo interrumpí con una pregunta que no venía al caso.
Y él me dijo: “¿Cómo? ¿No le interesan a Ud.
mis explicaciones? Si Ud. conociera la Patagonia, vería qué
linda es.”
Ceferino, a pesar de la
lejanía de su tierra, a pesar de su aceptación de la cultura
blanca, no deja de permanecer fiel a su cultura, a la Patagonia, a su raza
mapuche.
SU MADURACIÓN
CRISTIANA
Desde su ingreso en el Colegio
Pío IX, Ceferino demuestra un interés poco común (por
no decir excepecional) por el Evangelio de Jesús que comienza a
conocer poco a poco. En realidad, más que de interés, se
trata de verdadero entusiasmo. Ante todo, se prepara con gran dedicación
a la primera comunión y a la confirmación, hechos que lo
marcan profundamente. A partir de ese momento, comienza a vivir muy intensamente
la Eucaristía diaria como el encuentro más profundo y pleno
con Jesús. Igualmente, se toma muy en serio la costumbre salesiana
de la visita a Jesús Sacramentado. Se va forjando en él una
amistad fuerte y sencilla con el Señor.
Tiene la conciencia viva
de su presencia y la busca todos los días. Sin llamar la atención,
sobriamente, pero con gran fidelidad.
Se toma muy en serio el
Catecismo y participa también en los Certámenes catequísticos
que se realizan en aquellos tiempos. En una ocasión llega a obtener
el segundo lugar en uno de estos exigentes concursos.
Pero también Ceferino
se siente llamado a comunicar a sus compañeros lo que él
mismo va aprendiendo. Por eso, se ofrece como auxiliar catequista en un
pequeño grupo de chicos que realiza su catecismo en el Oratorio
del Colegio San Francisco de Sales.
Pero su apostolado es más
amplio. Cuando está entre sus compañeros trata de vivir lo
que va asimilando y de acercarlos a Jesús. Lo hace de manera casi
espontánea. Siente que el Evangelio está para ser vivido
y comunicado.
Por eso, va despertando
en su corazón el deseo de servir la causa del Reino entregándose
totalmente a ella. Por eso, le abre su conciencia al P. José Vespignani
en la Dirección Espiritual y, con su ayuda, va haciendo el camino
del discernimiento para reconocer qué es lo que Dios le está
pidiendo.
Trata de superar sus defectos
y de orientar todas sus energías en la vivencia del Evangelio.
Por eso, una de las grandes
alegrías que tuvo el adolescente mapuche fue la gran misión
que Monseñor Cagliero realizó en la tribu Namuncurá,
en San Ignacio. En esa misión, Cagliero preparó personalmente
al cacique quien, el 25 de marzo de 1901 realizó su primera comunión
y luego su confirmación.
El mismo Cagliero después
le transmitió personalmente los hermosos resultados de la misión.
Y Ceferino dirá públicamente luego en un acto de homenaje
al primado: “Yo también me haré salesiano y un día
iré con Monseñor Cagliero a enseñar a mis hermanos
el camino del cielo, como me lo enseñaron a mí”.
EL CAMINO DE LA CRUZ
Pero junto a estas alegrías,
Ceferino irá conociendo también el camino de la Cruz.
La primera experiencia fuerte
de dolor fue la autoexclusión de su madre de la tribu. En efecto,
Namuncurá gozaba del privilegio mapuche, de poder convivir con varias
mujeres. Cuando decide hacerse cristiano, aprende que el matrimonio es
la unión de un hombre y una mujer. Cuando se casa por la Iglesia
(al pasar por Roca el 12 de febrero de 1900), rumbo a las nuevas tierras,
la elegida es Ignacia Rañil. La madre de Ceferino, por tanto, liberada
de su compromiso, se casó con Francisco Coliqueo, de la tribu Yanquetruz.
A la muerte de su esposo, fue aceptada por los Namuncurá. Vivió
y murió en la casa de su hijo Aníbal, en San Ignacio, provincia
de Neuquén.
Para Ceferino esto representó
una Cruz realmente pesada. El se encontraba profundamente ligado a su madre.
Trató por todos los medios de localizarla y luego le escribió,
haciéndole sentir su afecto y su solidaridad.
Parece que hacia fines de
1901 le aparecen los primeros síntomas de la enfermedad. A mediados
de 1902, los superiores deciden enviarlo a Uribelarrea, para ver si los
aires del campo lo ayudan a recuperarse.
Durante ese tiempo, Ceferino
vive intensamente unido al Misterio del Cuerpo Entregado y la Sangre Derramada
en la Eucaristía. Presta el servicio de sacristán con una
gran entrega y también, muchas veces, ayuda como asistente o preceptor
de los chicos de la Escuela Agrícola.
A este respecto el Padre
Heduvan nos ha dejado un interesante testimonio: “Este joven mostró
siempre, durante esos pocos meses del año 1902, un caudal grande
de piedad siendo, además, por el buen temperamento que lo caracterizaba,
muy apreciado por los pequeños agricultores, a los cuales asistía
y cuidaba cuando el asistente no podía, por alguna razón,
estar con ellos. Y no recuerdo que alguno se le hubiera insubordinado o
faltado el respeto al pequeño asistente”.
Pero como la enfermedad
sigue su curso, los superiores juzgan oportuno enviarlo a Viedma, confiando
en que el clima patagónico podría facilitar su recuperación.
CEFERINO EN VIEDMA
Aproximadamente a mediados
de enero de 1903 Ceferino viaja a Viedma. Esta era la avanzada de la evangelización
de la Patagonia.
En aquellos años
reinaba en el Colegio San Francisco de Sales de esa ciudad un maravilloso
clima de confianza, fervor espiritual y afecto recíproco entre todos
los miembros de esa laboriosa colmena. Se vivía y respiraba un auténtico
espíritu de familia que hizo que Ceferino se encontrara muy pronto
a sus anchas. Augusto Valle, un compañero de aquella época,
narra lo siguiente: “éramos pocos compañeros y nos queríamos
como hermanos. No he vuelto en mi vida a disfrutar de una amistad tan sincera
como la de los años pasados en el Colegio San Francisco de Sales...Allí
los alumnos de sexto grado compartíamos con los Superiores y los
hermanos coadjutores de los mismos juegos diarios, broma tras broma en
los mismos, con sencillez e ingenuidad en unos, aunque inocente picardía
en otros, que a veces seguía fuera de los recreos. Esto daba al
Colegio un ambiente familiar que sólo Don Bosco, Monseñor
Cagliero y el P. Vacchina podían formar”.
Había además
un pequeño grupo de aspirantes que recibió con mucha alegría
a Ceferino, cuando se enteraron que éste deseaba, también,
ser sacerdote salesiano.
En este ambiente, Ceferino
siguió viviendo intensamente su entrega al Señor. Continúa
tenazmente sus estudios. Es el alma de los recreos, participando siempre
con mucha iniciativa e inventiva en los juegos. Realiza juegos de prestidigitación
que le valen fama de mago. Organiza distintas competencias, entre las cuales
se destacan las famosas carreras de barquitos en el canal. Instruye a sus
compañeros sobre la mejor manera de preparar arcos y flechas para
poder ejercitarse, luego, en el tiro al blanco.
También aquí
se le confía la exigente responsabilidad del sacristán, que
Ceferino cumplirá con gran dedicación y mucho esfuerzo.
Pero la enfermedad sigue
implacablemente su curso. El Padre Garrone era quien seguía con
gran solicitud la salud de Ceferino. No era médico recibido, pero
era ampliamente reconocida su capacidad para diagnosticar y tratar enfermedades.
Por eso, los comarcanos le tenían una gran confianza.
También Don Artémides
Zatti se preocupaba con gran diligencia por el joven mapuche.
Precisamente él,
declarando en la Causa de Ceferino, relatará cómo todas las
mañanas, según la receta del Padre Garrone, compartían
un bife a la plancha, una copita de vino y un pedazo de pan. Y por la tarde,
la segunda medicación: un paseo para tomar aire puro, buscar huevos
frescos en la chacra y tomar un buen cóctel de huevo batido. Don
Zatti, que en ese momento tenía unos veintidós años
y también estaba tuberculoso, recuerda que Ceferino le decía:
“Qué buenos son nuestros superiores. Nos aman como si fueran nuestro
padre y nuestra madre. Vamos a rezar por ellos el Rosario”.
LA CRUZ DE LA VOCACIÓN
Como ya hemos dicho, Ceferino
llega como aspirante a Viedma. Sabemos que participa en las reuniones especiales
que ellos tienen y que es considerado como tal por sus compañeros.
Sin embargo, parece encontrar
muchas dificultades para llevar adelante su proyecto. Ante todo, hay que
tener en cuenta que Ceferino no era hijo legítimo y que, en aquellos
años, pesaba mucho esta condición para ser admitido al sacerdocio.
En segundo lugar, llama la atención que, a pesar de la incesante
preocupación de Ceferino por obtener su Acta de Bautismo, no haya
podido nunca conseguir la copia deseada y necesaria como documento para
un aspirante al sacerdocio.
Pero, sin duda, el factor
de mayor peso debió ser el quebrantamiento de la salud de Ceferino,
ya que ésta es una la de las principales condiciones de aceptación
para la Congregación Salesiana.
Pues bien, como habíamos
dicho, Ceferino integraba de hecho aquel grupito de aspirantes a la vida
salesiana. Y sucedió que, cuando se concluyó el edificio
del Colegio María Auxiliadora de Patagones, se resolvió que
los aspirantes pasaran a la vecina ciudad maragata, precisamente al lugar
que antes habían ocupado las hermanas. Eran dieciocho aspirantes.
Pero, en ese momento, se decide que Ceferino quede en Viedma.
Veamos cómo relató
el Padre De Salvo, integrante de ese lote de aspirantes, lo que aconteció
en la despedida:
“Éramos dieciocho
aspirantes. Pero tuvimos una tristeza: Ceferino no podía quedarse
con nosotros...Su salud, en extremo delicada, requería cuidados
especiales...Y Ceferino tuvo que abandonarnos...Nunca olvidaré la
escena: terminaba el día 13 de junio; el P.Vacchina, que tampoco
podía disimular la emoción con que se separaba de nosotros,
con quienes compartía la mayor parte del día en Viedma, nos
reunió a su alrededor...
Los últimos consejos
los dio con palabras entrecortadas.
Luego se sobrepuso. Dijo
una serie de chistes llenos de su gracia peculiar y nos dio a besar la
mano. Pero su ojo experto había advertido que, en un rincón,
solo, con la cabeza inclinada, estaba el hijo del desierto, su predilecto
Ceferino, triste, conteniendo las lágrimas...
El Padre Vacchina, lo recuerdo
muy bien, vaciló...Pero se hizo el fuerte y con voz esforzada le
dijo:
-Ceferino, ven acá,
despídete de tus compañeros...Vamos...hay que ser fuerte...¡caramba!
No faltaba más ¿No ves cómo yo no lloro?
Y luego, con voz más
fuerte, quizá para disimular mejor lo que sentía en esos
momentos de separación, dirigiéndose a nosotros nos dijo:
-¿Y Ustedes, qué
hacen con esa cara de dolorosa? ¡Está lindo eso! Como si fuera
el fin del mundo...¡Vamos a ver!
El P. Vacchina, con una
excusa, se retiró por breves momentos. Nosotros rodeamos a Ceferino
y nos despedimos sin poder contener nuestra emoción y tristeza al
verlo alejarse de nosotros por primera vez...”
Llega para Ceferino uno
de los momentos culminantes de la Cruz en su camino de creyente. Dios le
pedía, tal vez, que renunciara a aquello que El mismo le había
puesto en el corazón. Había que estar dispuesto a entregarlo
todo, hasta lo más íntimo y lo más querido.
Por otra parte, Ceferino
seguirá visitando a los aspirantes y llenándolos de atenciones.
Alguno de ellos testimoniará en el proceso: “Apreciábamos
su virtuoso proceder en todo su valor. Y sentíamos un verdadero
orgullo al merecer sus atenciones y poder comprobar su afecto fraternal
y sabernos compañeros suyos...Por eso tuvimos siempre nuestra convicción
de que nuestro compañero era un verdadero santo...”
Pero como la enfermedad
no cejaba y Ceferino había vuelto a tener vómitos de sangre,
Monseñor Cagliero decide apelar al último recurso: llevarlo
a Italia para ver si la medicina europea puede hacer algo para salvarle
la vida.
EL VIAJE A ITALIA
Cuando Ceferino recibió
la noticia de su viaje a Italia, sintió por una parte una gran alegría:
podría conocer las tierras de Don Bosco, el gran soñador
de la Patagonia. Por otra parte, su corazón sentía un dolor
muy grande: nuevamente partir; dejar el ambiente hogareño de Viedma,
donde todos formaban un solo corazón y una sola alma; abandonar
otra vez las amadas tierras patagónicas; alejarse a tanta distancia
y quizá definitivamente de su familia y de su tribu.
Pero parte.
Cuando llega a Buenos Aires,
vive un momento de intensa alegría al reencontrarse con sus compañeros
y superiores del Colegio de Almagro. Todos perciben, a simple vista, que
su salud se ha deteriorado y, cuando el Padre Vespignani le pregunta directamente
por su salud, Ceferino contesta: “Regular”, admitiendo que ha tenido varios
vómitos de sangre.
Al llegar a Italia, Ceferino
va de descubrimiento en descubrimiento. Vive muy intensamente cada momento,
no con la frivolidad del turista, sino con la profundidad del creyente.
Y se convierte en corresponsal
viajero, enviando gran cantidad de cartas y postales a parientes, superiores,
misioneros y amigos (lamentablemente varias de estas misivas se han extraviado).
A los pocos días
de haber llegado, es llevado a visitar al sucesor de Don Bosco, Don Miguel
Rúa. La entrevista lo sacude interiormente y lo llena de emoción.
A partir de ese momento, Ceferino disfruta de muchas atenciones e incluso
varias personalidades de la vida pública, cultural y eclesiástica
italiana, expresan el deseo de conocerlo. Cuánto de auténtico
interés y cuánto de frívola curiosidad y snobismo
hay en estas situaciones no lo sabemos, pero él no se deja perturbar
por los “personajes” ni por los “homenajes”. Su sencillez y su humildad
quedan intactos. Pertenece a una raza sufrida y es hijo de un “Lonco” que
lo ha dejado todo por defender los intereses y derechos de su gente. La
misma naturalidad, con que siempre se desenvuelve Ceferino, hacen agradable
su trato y confirman la autenticidad de su persona.
Durante su permanencia en
Turín, tres son las principales ocupaciones de Ceferino: la oración
intensa y contemplativa. Pasa largas horas en el Santuario de María
Auxiliadora, en diálogo íntimo con Jesús Eucaristía.
En segundo lugar, como ya hemos dicho, escribe a su gente de la cual nunca
se olvida. En tercer lugar, visita a las comunidades salesianas de Turín
y la zona, acompañando por lo general a Monseñor Cagliero.
El 19 de septiembre Ceferino
viaja a Roma. Vive allí una experiencia imborrable en el encuentro
con el Papa Pío X.
El joven mapuche dijo unas
palabras en italiano al Papa y éste le habló muy paternalmente,
dándole su bendición a él y a su gente.
Y cuando todos se están
retirando, después de la audiencia, el secretario privado del papa
lo llama aparte y lo conduce al escritorio del Santo Padre, donde éste
le aguardaba con una amplia sonrisa. Y el Papa vuelve a saludarlo y le
entrega una hermosa medalla como recuerdo de la visita. Ceferino, con su
sencillez, con su buen trato, con su educación, con su sabiduría
llena de humildad y discreción, los deja admirados a todos.
Y el 21 de noviembre Ceferino
es trasladado a Frascatti. Allí se integra como alumno ordinario
y vive momentos de honda soledad. Sigue comunicándose con los suyos
y con los salesianos conocidos en Argentina y se aplica al estudio hasta
donde le dan las fuerzas.
En el Colegio lo recordarán
por su espíritu de oración, su piedad eucarística,
su llaneza mansedumbre en el trato.
EL FALLECIMIENTO
Y llega el momento de la
entrega total. A principios de marzo de 1905 Ceferino ya no puede asistir
a clase. A fin de ese mismo mes lo llevan al Colegio Sagrado Corazón
de Jesús y, el 28, es internado en el Hospital Fatebenefratelli,
atendido por los hermanos de San Juan de Dios, en la Isla Tiberina.
De su estadía en
el Hospital, todos los testimonios están concordes en destacar su
oración continua, su disponibilidad a la Voluntad de Dios, su fortaleza
en el sufrimiento.
Por el sacerdote José
Iorio, en aquel tiempo enfermero del Colegio Sagrado Corazón, que
iba a menudo a visitarlo al hospital durante su enfermedad, sabemos qué
grande era su resignación en la dolorosa enfermedad.
“Nunca se le oyó
quejarse de nada, aún cuando sólo al verlo daba compasión
y arrancaba lágrimas, tan consumido y sufriente se lo veía.
Antes bien, no sólo no se quejaba de sus sufrimientos, sino que
los olvidaba para pensar en los de los otros: había sido conducido
al hospital y colocado en la cama de al lado, un joven de nuestra casa
de Roma que estaba, como Namuncurá, en el último período
de su enfermedad. Ceferino, a este joven, le infundía valor con
palabras llenas de amor y enseñándole a dirigir toda acción,
todo sufrimiento, a Dios Nuestro Señor.»
Y al Padre Iorio, tres días
antes de morir, le decía:
-Padre, yo dentro de poco
me iré; pero le recomiendo a este pobre joven que está a
mi lado; venga a visitarlo a menudo...¡Si viera Ud. cuánto
sufre!...De noche no duerme casi nada, tose y tose...Y esto lo decía
mientras él estaba peor, mientras él mismo no solamente no
dormía casi nada, sino nada, nada...”
Durante el tiempo en que
estuvo internado, en medio de su gran debilidad, sacó fuerzas de
flaquezas para escribir a su padre Don Manuel una cariñosa carta,
en la que quiere tranquilizarlo con respecto a su salud.
Monseñor Cagliero,
que había sido su gran apoyo en esos últimos días,
le da los últimos sacramentos y lo acompaña hasta el final.
Fallece en silencio el 11
de mayo de 1905. Sus restos son llevados a Campo Verano (cementerio de
Roma) por un pequeño grupo de personas. Allí son enterrados
en una humilde tumba con una cruz de madera y chapa de latón que
llevaba la inscripción de su nombre y la fecha de su fallecimiento.
DE VUELTA A LA PATRIA
En 1911 un salesiano argentino,
el P.Esteban Pagliere lanza la idea de escribir una obra sobre Ceferino
y el P. Vespignani elabora un cuestionario para recoger datos y testimonios
sobre su vida.
Mientras tanto, al seminarista
chileno Víctor Kinast se le encomienda la diligencia de averiguar
en qué situación han quedado los restos del joven mapuche.
Con prontitud y eficacia, este salesiano hace las averiguaciones del caso
y así se entera de que, si no se provee prontamente a su exhumación,
los restos de Ceferino serán colocados en la fosa común.
De este modo se pueden realizar
los trámites y rescatar los restos del joven mapuche que, en 1924,son
trasladados desde Roma a Fortín Mercedes, situado frente a la vecina
localidad de Pedro Luro (sur de la Provincia de Buenos Aires).¿Por
qué a Fortín Mercedes? En ese momento pareció el lugar
más convocante.
Allí estuvieron,
en la capilla reconstruida del antiguo Fortín hasta 1991, año
en que son trasladados a una sala contigua al Santuario de María
Auxiliadora, por razones de mayor seguridad.
Desde los primeros momentos
de su llegada a Argentina, muchísimos peregrinos pasan delante de
su tumba para orar y encomendarse a su intercesión.
El pueblo sencillo siente
que Ceferino es uno de los suyos. Lo siente cercano y ve en su figura los
valores del Reino, que hoy son imprescindibles en la sociedad y que Ceferino
supo encarnar con sencillez y radicalidad.
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